4.25.2010

El Washington Heights de José Carvajal

José Carvajal abandonó Washington Heights hacia mediados de la década de los noventa del siglo pasado. Se dirigió hacia el sur, a un lugar donde la competencia era difícil, acompañado sólo de sus sueños. Era un reto. Se fue con el corazón triturado, como todo aquel que se ve obligado a alejarse de su “patria chica”. Algo del trágico se iba en su equipaje. Poco tiempo después anclaba firmemente su nave en los pantanos de la Florida.

A los que conocíamos su talento y su disciplina no nos sorprendió verlo establecerse como periodista en importantes medios televisivos y agencias de noticias de renombre internacional. Pasaron los años y José, inconforme, buscando su destino, se sintió compelido a explorar nuevos caminos. Buscaba su vocación primaria: la literatura. Es así como funda Librusa, una agencia de noticias literarias por internet, donde permanece trabajando exitosamente por espacio de ocho años.

Mientras desarrollaba sus actividades en Miami, José se daba la vuelta de vez en cuando por Nueva York, por el barrio de Washington Heights; observaba con nostalgia el pulso vibrante de la ciudad y luego se alejaba, lentamente, volteando a ratos la cabeza. Alguna herida le seguía sangrando en su espíritu.

En Miami levanta a sus hijos con pulso firme, ha cumplido metas importantes, pero aún falta mucho por hacer. Ahora le tocaba tomar una de sus decisiones más difíciles: participa en Isla Publishing Group, una editorial en la que permanece en estos momentos. Con la mente más despejada escribe su primer libro de adulto, “A quien pueda interesar: reflexiones sobre Washington Heights y otros temas”. Es un libro muy bien escrito, donde el autor demuestra gran dominio de la lengua y la comunicación. Pero es un libro provocador, al menos en tres de los veintiocho trabajos de que se compone, en los que descarga su ira contra el barrio que lo vio crecer: Washington Heights.

De los tres textos llenos de ira hay uno que lo considero injusto y que no se ciñe a la realidad. Es aquel que se titula “Mediocre City crece en mi memoria”. El trabajo comienza siendo injusto con él mismo. En esa época Carvajal era muy joven y él no se puede exigir, ni nadie le puede exigir, que produjera ninguna obra literaria de importancia. Escribió lo que escriben los muchachos de su edad. En la década de los ochenta José era el benjamín de la literatura en los círculos culturales de Washington Heights. No conozco a nadie de esa edad que tuviera tanta pasión por los libros.

La época que José critica es una década fundacional en Washington Heights. Fue cuando se crearon todas las instituciones importantes y surgieron muy buenos escritores, narradores y poetas. Nunca como entonces esa comunidad demostró tanto entusiasmo, y gratuito, por las actividades artísticas. Carvajal fue uno de sus líderes más importantes. Hoy en día no ocurre lo mismo con ese sector de Nueva York. Hay algo malo entre mucha de su gente. Se huele con facilidad el chisme y la falta de conciencia literaria. Su jefe cultural es uno de los seres más mezquinos, más mercuriales, oportunista, arribista, corrupto y de menos talento que haya existido jamás. Se trata del señor Franklin Gutiérrez.

Ahora que José vuelve y encuentra a su “patria chica” dirigida por gente de esta catadura, y con instituciones como el Instituto de Estudios Dominicanos en manos de Ramona Hernández, de cuyo prontuario es mejor no acordarse, es lógico que reviente de rabia, que se opere en él una especie de catarsis y vomite. Yo lo comprendo. Ese barrio le duele. Todas sus grandes sensaciones nacieron en sus calles, parques y clubes. Su corazón sigue enclavado allí. Por ser un hijo auténtico de Washington Heights, a José Carvajal hay que permitirle hasta sus juicios injustos, como el que arriba cité.

4.20.2010

Causa de una desviación

No haré la historia nociva de la Iglesia católica y romana. Ya eso está escrito. Abundar sobre la perversa Inquisición y otras aberraciones es llover sobre mojado. Pero ahora que el Papa Benedicto XVI anda recorriendo medio mundo pidiendo perdón por los pecados cometidos por la Iglesia, es propicia la ocasión para hacer un análisis de eso que tanto mortifica a la cúpula vaticana: la práctica epidémica de la violación de niños, en la que han incurrido tantos curas en los últimos tiempos. Esto en realidad es una vieja práctica que ahora flota. Pero para corregir semejante flagelo no basta con pedir perdón. Hay que ir a las causas que lo provocan. Aquí va mi humilde consejo a tan portentosa y milenaria institución.

La pedofilia es una enfermedad que los curas adquieren mientras cursan sus estudios en el Seminario Mayor. El seminario se divide en Menor y Mayor. En el primero se cursan cinco años de latín; y en el segundo tres años de filosofía y cuatro de teología. Doce en total, que es la carrera del sacerdote seglar. Los sacerdotes religiosos, como los jesuitas o franciscanos y otros, cursan 24 años de estudio y más, y se ordenan bajo los votos de pobreza, castidad y obediencia. Los seglares, en cambio, sólo están obligados a los de castidad y obediencia.

En el Seminario Menor estudian niños, cuyas edades oscilan entre los trece y diecisiete años. Caritas bonitas, piel suave y fresca, barbilampiños. Muchos de estos niños se pueden confundir con una muchacha. Los del Seminario Mayor son adultos en pleno desarrollo de sus facultades viriles. Las autoridades del seminario no permiten que unos y otros se reúnan, salvo en ocasiones especiales. Aunque nunca lo expliquen, saben muy bien porqué lo hacen.

En un recinto herméticamente cerrado, donde los estudiantes nunca tienen relaciones de ningún tipo con el sexo femenino, un adulto y un niño juntos puede dar lugar a la tentación de la carne. No porque el adulto sea homosexual, sino porque a falta de mujer se inclina por el que se parece a una mujer. El niño es la suplantación de lo femenino.

En las ocasiones en que unos y otros se juntan, se va inoculando en el adulto, lentamente, el veneno pasional de la pedofilia. Ya ordenados sacerdotes, en contacto abierto con el mundo, aquel veneno larvado se yergue erizado sobre la piel ardiente del casto que no ha buscado lo que le corresponde en naturaleza: la piel suave de la mujer.

Si los seminaristas, como los estudiantes seculares de otras profesiones, tuvieran derecho a tener novias y luego de ordenarse el derecho a casarse y tener familia, la pedofilia no existiera entre los sacerdotes.

He aquí la causa de esta desviación: el celibato.