10.14.2010

Los que falsificaron la firma de Dios

La publicación de mi novela “Los que falsificaron la firma de Dios” cumple dieciocho años. Para 1993, un año después de publicada, el notable crítico literario Pedro Conde Sturla escribió el artículo que más abajo se transcribe. Lo hago porque en el mismo se descubre, con sólida vigencia, un cristal de los hechos de todos nuestros padecimientos históricos. Hace dieciocho años gobernaban sobre la República Dominicana los que falsificaron la firma de Dios; durante siglos se han adueñado del país los que falsificaron la firma de Dios y hoy, como nunca antes, se han ensañado sobre todo el territorio nacional una “galería de cáfilas” corruptos, que al igual que los peores dominicanos han falsificado la firma de Dios.


El huracán Viriato

Por  PEDRO  CONDE  STURLA

Lo de Viriato Sención no tiene madre. Ha escrito una novela que se nutre del pasado reciente. Un pasado tan reciente que la mayoría de los personajes están vivos, y coleando. Tan vivos están que ya han comenzado a amenazar de muerte al autor por la narración de sus hechos, a pesar de que son tan autores de los hechos como el narrador mismo.

Para peor, Viriato Sención no sólo escribió novela, sino además escribió una buena novela. Una novela buena, apasionante, con ciertas limitaciones expresivas y grandes logros narrativos.

En el empleo de los tiempos recuerda a Vargas Llosa, y un poco a García Márquez en la construcción de ciertos personajes. Los monólogos en la voz de Santiago Bell, evocadores de cuadros plagados de sucesos y fantasmas familiares, traen en la memoria el lirismo de Pedro Páramo.

Para decir algo simple sobre una trama compleja, la novela es un descenso al infierno de las buenas conciencias, precisamente al infierno de los que falsificaron la firma de Dios, incluyendo quizás al autor. Junto a los inocentes desfilan guardias y carceleros, curas predicadores y farsantes, tiranos y tiranuelos de toda laya, gobernantes y custodios de una razón de Estado ejercida en nombre de una entidad superior.

Dante lo había hecho anteriormente, allá por el siglo XIV, en la “Comedia” que la posteridad llamó Divina. Dante, a su manera, fundó el neorrealismo antes que los cineastas franceses e italianos. El neorrealismo, sí, esa forma de arte que se alimenta de la historia corriente y moliente, la historia inmediata, la epopeya de la cotidianidad. Esta forma de arte o de esa corriente literaria de la historia. Acaso “El Ingenioso Hidalgo” no es radiografía despiadada de las llagas morales de la España de su tiempo?

A partir de estos antecedentes ilustres, hay que felicitar a Viriato Sención por haberse metido a novelar en el traspatio de la historia; sus personajes, sin duda, lo merecen. Es más, quizás sea esa la única condena o recompensa que reciban en este reino del crimen impune gobernado por la letra muerta de las leyes. Si algún castigo puede dar la inteligencia a la vagabundería homicida y cleptocrática es el castigo moral, inapelable por los siglos de los siglos. Allí están, por ejemplo, en la novela “Galíndez” de Vásquez Montalbán, toda la galería de cáfilas participantes en el rapto y homicidio del famoso vasco. Desde luego que hay curas entre ellos, militares torturadores y calieses, al igual que el Dr. Ramos de la novela de Sención, pero con su verdadero nombre.

Ahora bien, la urgencia dentro de la emergencia es preservar el talento de Viriato, preservando su vida. El bárbaro que pidió sancionar a Sención, excluyéndolo de la chimiferia del libro, igual sería capaz de condenarlo a la hoguera. Y lo peor que sancionar a Sención, aparte de arbitrario, sería cacofónico. No olvido, por otra parte, que por menos de lo que ha dicho Viriato Sención se perdió Orlando Martínez, siendo presidente de la República el mismo Dr. Ramos de la novela de Sención.